—¡Meissa! ¿Cómo puedes ser tan cruel para decirme esto?
La voz de Lacron, retumbó en las paredes de piedra.
Lauryn, con esa sonrisa angelical que escondía colmillos de serpiente, se acercó al hombre.
—Lacron, no la escuches —susurró Lauryn.
Lacron no miró a Meissa ni una última vez.
Con un gesto brusco, tomó la mano de Lauryn y salieron de ahí, dejando tras de sí un rastro de desprecio que pesaba más que las cadenas.
Meissa quedó sola en el suelo, con el aroma del bosque y el sándalo de Lacron