El carruaje avanzaba por el sendero rocoso, y con cada bache, el corazón de Meissa golpeaba contra sus costillas como un animal enjaulado.
El bosque a su alrededor parecía cerrarse, las ramas de los árboles se retorcían como dedos esqueléticos bajo la luz de la luna.
Estaba cruzando la frontera invisible hacia el dominio del Alfa Oscuro, Lysander.
Las historias sobre él eran pesadillas hechas carne: un guerrero que no conocía la piedad, un líder que había construido su manada sobre los huesos d