El claro era un escenario perfecto para una tragedia. La luz del sol matinal se filtraba entre las hojas de los nogales, pintando de oro y sombra la escena. En el centro, atado al árbol rugoso, Mateo parecía una figura sacrificial. La venda negra sobre sus ojos lo aislaba por completo, su mundo reducido a sonidos y olores: la tierra húmeda, el café maduro, y… su perfume. Luna.Ella se detuvo a un metro de él. Javier observaba desde unos pasos atrás, con los brazos cruzados, un espectador disfrutando de su obra. Renato, a la izquierda, mantenía la pistola levantada, su cañón apuntando inamovible a la sien de Luna.—Veamos esa lealtad, Luna —instó Javier, su voz serena y venenosa—. Dale de beber. Y recuerda… cada segundo que tardes es un segundo menos en tu hora de ventaja.Luna miró a Mateo. Con mano firme, a pesar del temblor que sentía por dentro, alargó el brazo y le quitó suavemente la venda de los ojos. La luz lo cegó por un instante. Parpadeó, desorientado, hasta que su mirada se
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