La paz del atardecer en el Jardín de los Socios era palpable, un bálsamo después de meses de tormenta. El juramento compartido había sellado su alianza con una fuerza casi tangible. Con una sensación de unidad que no habían experimentado antes, el grupo comenzó a dispersarse, sus voces bajando a conversaciones animadas mientras caminaban hacia los coches estacionados en el camino de tierra.
—Voy en la misma dirección, Elena —dijo Luna, sacando las llaves—. Te llevo a casa.
—Gracias, niña —respo