El claro era un escenario perfecto para una tragedia. La luz del sol matinal se filtraba entre las hojas de los nogales, pintando de oro y sombra la escena. En el centro, atado al árbol rugoso, Mateo parecía una figura sacrificial. La venda negra sobre sus ojos lo aislaba por completo, su mundo reducido a sonidos y olores: la tierra húmeda, el café maduro, y… su perfume. Luna.
Ella se detuvo a un metro de él. Javier observaba desde unos pasos atrás, con los brazos cruzados, un espectador disfru