El tiempo en la sala de interrogatorios se cristalizó en un instante eterno. Dos hombres, dos armas, y el silbido de la muerte en el aire. Mateo, en el umbral, herido y desequilibrado, tenía el ángulo en su contra. Javier, en el centro de la sala, tenía la ventaja y la maldad fría de quien no duda.El disparo de Javier retumbó en el espacio reducido, un estruendo ensordecedor. Mateo se movió, no para esquivar, sino para lanzarse hacia un lado, hacia Luna. La bala lo rozó, desgarrándole la carne del brazo sano con una sensación de fuego líquido, pero logró agarrar a Luna y arrastrarla al suelo, fuera de la línea directa de fuego.—¡Mateo! —gritó Luna, sus manos tocando la nueva herida, caliente y húmeda.—Estoy bien —mintió él, apretando los dientes contra el dolor. Su arma, la que había tomado del agente, se le había caído al lanzarse. Yacía a medio metro, fuera de alcance.Javier rió, un sonido seco y triunfal. —¡Patético, como tu padre! ¡Siempre pensando con el corazón! —Ajustó su m
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