El frío de la celda se había adentrado en sus huesos. Luna no había dormido. Sentada en la silla, con las muñecas aún lastimadas por las bridas, pasó las horas muertas mirando el rectángulo de luz tenue bajo la puerta. El frasco de veneno parecía arder en su mente, una promesa de muerte. Pero en la oscuridad, algo más ardía: el recuerdo de su madre.
La cocina de la casa de la panadería, años atrás. El olor a canela y manzana. Isabel, con el delantal manchado de harina, le secaba las lágrimas a