La luz del amanecer, gris y fría, se filtraba por las persianas del estudio, iluminando a un Mateo que parecía haberse fundido con el sillón de cuero. No había dormido. La espera era un peso físico sobre sus hombros. En sus manos, el teléfono quemador era un objeto inerte, un trozo de plástico que contenía el hilo de la vida de Luna.
Su cuerpo entero se tensó cuando el aparato vibró, no con un tono, sino con un breve zumbido sordo. Era un mensaje. Lo abrió con dedos que apenas respondían.
No ha