Un mes después, el Jardín de los Socios era un lugar diferente. El viejo roble parecía más verde, más robusto, bajo la suave luz del atardecer. No era solo una reunión, era un regreso a casa. Luna, con el brazo ya sin cabestrillo, pero con una cicatriz rosada que llevaría para siempre, caminaba del brazo de Mateo, cuya sonrisa era ahora más fácil, menos cargada. Detrás de ellos, entrando al jardín, venía su familia: Ana, radiante y pegada a Nico; Elena y Miguel, compartiendo una complicidad silenciosa de madre e hijo; Sofía, con su elegancia habitual pero una suavidad nueva en la mirada; Carla, y a su lado, DJ, quien tras testificar contra su padre y colaborar con la justicia, empezaba a caminar con la cabeza un poco más alta.El jardín estaba preparado con mantas en el césped, cestas de comida y farolillos que empezaban a encenderse. Era una celebración de la vida, de la supervivencia.—No puedo creer que estemos todos aquí —dijo Ana, abrazando a su hermana con cuidado—. De verdad, t
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