—Soy una tonta… —susurré, torpe, con la mirada fija en la sopa que se enfriaba frente a mí. «Un espanto», pensé. Seguro sabía tan mal como olía.La sensación de ser una cobarde me pesaba en el pecho. Pude haber sido más valiente, ir tras el padrecito… y no estaría ahora caliente por el recuerdo de su cuerpo firme, demasiado presente en mi memoria. Ese pensamiento, traicionero, me estremeció. Un calor incómodo me recorrió, haciéndome perder el control por un segundo.El cubierto resbaló de mis dedos y cayó dentro del plato con un sonido sordo.El leve salpique me hizo reaccionar. Me moví con torpeza, incómoda, rozando sin querer a mi compañero de mesa.—¿Qué te pasa, Carmelina? —preguntó Pierre casi de inmediato.Su voz familiar me devolvió del todo a la realidad… y a la molestia.Había tenido la brillante idea de visitarme esa tarde para hablar de Lulú y, como si fuera poco, se había quedado a cenar. Según él, necesitaba mis consejos para conquistarla.Ni modo.¿Cómo se suponía que le
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