Tenía la mente casi colapsada. Ya llevaba poco más de un día encerrado en ese escondite nefasto. Una pequeña y fea casa parroquial bastante alejada del pueblo, en dónde no sabía que era peor, si la sensación de humedad en la fría noche o el calor agresivo del día desolado.
Lo único bueno del feo escondite era el humo del habano que en esos momentos flotaba en el aire… mas el whisky costoso que me había dejado mi hermano escondido en una alacena vieja.
Mateo sabia elegir esos placeres para mí.