Una jovencita mentirosa.
—¡Por fin es martes! —mencioné sin importarme que mi madre estuviera más pendiente de mí que de pesarle bien las papas a doña Chavela.
—¿Tienes pensado salir, Carmelina? —preguntó mi madre.
Le lancé una mirada de reojo. Tanto ella como la clienta tenían los ojos clavados en mí.
—Contéstale a tu madre, niña —intervino doña Chavela sin el menor disimulo. "Siempre de metida", pensé, fingiendo indiferencia—. Sé obediente —añadió, alzando la voz hasta opacar el murmullo del mercado, colmado de otros