La penitencia de una pequeña pecadora.
Despues de oficiar la misa de la tarde, puse excusa para no entrar al confesionario. Mi lobo estaba harto, yo estaba harto... todo lo que nos rodeaba nos tenía en total hartazgo.
Lo único que me mantenía en ese pueblo caliente era esa jovencita. Después de ver sus pechos y parte de su piel expuesta no dejaba de desearla, igual mi lobo tenía una necesidad inmensa por marcarla, al mismo tiempo de castigarla por llamarlo "perrito". Aún la palabra diminuta nos chocaba.
—¿Cómo puede ser tan tonta?