Con una fuerza que ni ella misma sabía que tenía, Elena se puso firme, plantó los pies en la alfombra y lo empujó con ambos brazos.Dante retrocedió un paso, sorprendido por el arrebato. Pero en lugar de enojarse, una sonrisa lenta y oscura apareció en sus labios.Sus ojos, antes fríos, ahora brillaban con una chispa de lujuria que a Elena le revolvió el estómago.Estaban hablando de un contrato humillante, de su futuro y del de su hijo, pero parecía que a él solo le importaba el desafío físico.—No te conocía esa fiereza —soltó Dante, recorriéndola con la mirada. Estaba claro que el hecho de que ella luchara, en lugar de apagarlo, lo había excitado por completo.—¡Quítate! —le dio otro empujón, esta vez con pura rabia.Se sentía asqueada. Se daba cuenta de que para Dante todo giraba siempre en torno a lo mismo: a lo que él mandaba y al sexo.Era su forma de solucionar los problemas, su manera de marcar territorio. Si ella estaba triste, él quería follar; si ella estaba enojada, él que
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