La luz roja de la sala de operaciones finalmente se apagó. El cirujano jefe, el mismo especialista que Dante había hecho traer en helicóptero, salió con el rostro cansado pero satisfecho. Se acercó directamente a Dante, ignorando a los administrativos del hospital.—La cirugía ha sido un éxito, señor —informó el médico—. Hemos estabilizado el ritmo cardíaco y sustituido la válvula dañada. Su padre es un hombre fuerte; se recuperará.Elena, que había estado sentada en un banco de metal durante horas, sintió que la fuerza abandonaba sus piernas.El alivio fue tal que su cuerpo simplemente se apagó. Se dejó caer en el asiento, cerrando los ojos por un segundo que se convirtieron en un sueño profundo y pesado, producto del agotamiento físico y emocional de los últimos meses.Dante la observó desde el final del pasillo. Verla así, tan frágil y pequeña, durmiendo en un banco frío de hospital, le revolvió las entrañas. Se acercó a ella en silencio y, con una suavidad que contrastaba con su i
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