Capítulo 24.
El rugido de los motores del jet privado era apenas un susurro dentro de la cabina de lujo. Elena miraba por la ventanilla cómo la ciudad que había sido su verdugo se convertía en una miniatura de luces y concreto.
Por primera, sentía que el peso en su pecho se aligeraba, pero el vértigo de lo que venía la hacía apretar las manos contra el cuero del asiento.
—Respira, Elena. Te vas a poner morada si sigues aguantando el aire así —la voz de Dante, profunda y cargada de diversión, la sacó de sus