Capítulo 28.
Elena se quedó mirando el techo de la habitación, con el eco de la discusión todavía zumbándole en los oídos. La humillación del contrato de amante le quemaba más que el frío de los Alpes que se filtraba por la ventana.
—Dios mío, qué mala suerte tengo. Estoy salada... ¿cómo no viene un rayo y me parte de una vez? —le gruñó su subconsciente, dándole vueltas a la misma rabia de siempre.
La salida que le ofrecía Dante era absurda. Después de haberla rescatado, de haberle prometido protección y de