Mientras en la montaña el aire quemaba de frío, en la mansión de los Hoffmann el ambiente era de pura celebración. La casa de los futuros suegros de Dante era un monumento a la opulencia.Karl Hoffmann, un hombre que manejaba la banca europea con la misma frialdad que Heinrich Vontobel, observaba a su hija con orgullo.—Papá, ya quiero que sea el día de mi compromiso con Dante —decía Charlotte, mirándose en un espejo de cuerpo entero mientras sostenía un vestido de alta costura contra su cuerpo—. Escogiste muy bien. Dante es guapísimo, tiene ese porte de hombre que domina todo lo que pisa. Es exactamente lo que esperaba.Karl sonrió, dándole un sorbo a su coñac.—Todo para mi consentida, Charlotte. Los Vontobel y los Hoffmann somos las dos caras de la misma moneda. Este matrimonio no es solo una unión, es un imperio.Sin embargo, en un rincón de la sala, Elizabeth Hoffmann, la madre de Charlotte, no compartía el mismo entusiasmo.Era una mujer elegante, de esas que saben leer entre lí
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