El guardia inclinó la cabeza. —Sí, Majestad. Cuando los hombres abandonaron la sala, el despacho volvió a quedar en silencio. Edrion permaneció allí unos segundos sin moverse, pero su mente ya no estaba en Rowan. Sus pensamientos regresaban una y otra vez a Lyria, a la marca que había visto en su cuello y a la historia que ella le había contado. Había repetido aquellas palabras con miedo contenido, asegurando que Rowan la había atacado y que la había amenazado, pero cuanto más recordaba aquella conversación, más difícil le resultaba aceptar la historia sin cuestionarla. Edrion apoyó el peso de su cuerpo contra la mesa y cerró los ojos por un instante, intentando ordenar las piezas de un relato que comenzaba a mostrar pequeñas grietas. No era una sospecha clara, ni una conclusión formada, sino una sensación persistente, una fisura en la lógica de los hechos que se abría cada vez que volvía a pensar en ello. Rowan no era un simple guardia; había servido durante años en la casa de l
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