La habitación de Lyria estaba llena de mujeres. Costureras inclinadas sobre telas delicadas, doncellas que entraban y salían con cajas y cintas, y, dominando toda la escena, una señora mayor de postura rígida que observaba cada movimiento con la misma severidad con la que un general examinaría un campo de batalla.
—No, no, no —dijo la mujer con desaprobación—. Una reina no se sienta así.
Lyria levantó la mirada con paciencia.
—¿Así cómo?
—Con los hombros caídos.
La mujer caminó hacia e