A la mañana siguiente, el gran comedor estaba lleno de luz. El hermano de Elinor no cabía en sí de entusiasmo. —¡Un mes! —repetía por tercera vez, levantando su copa—. Es más de lo que podríamos haber pedido. Lyria forzó una sonrisa mientras jugaba con los cubiertos sobre su plato. —He enviado mensajeros a nuestra familia —continuó él sin pausa—. Padre estará exultante. Esto asegurará nuestro nombre por generaciones.Él hablaba de alianzas, de prestigio, de celebraciones que elevarían el nombre de su casa por generaciones, y cada palabra salía cargada de entusiasmo, como si ya pudiera escuchar las campanas de la boda resonando por todo el reino.Pero Lyria apenas lo oía.Su mente estaba en otra parte, lejos de los manteles bordados y las copas brillantes, siguiendo el rastro de un hombre que huía por caminos polvorientos mientras soldados del rey recorrían el reino con órdenes claras.Pensaba en la posibilidad de que Rowan sobreviviera y regresara algún día, no como salvador, sin
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