El resto de la celebración continuó como si nada hubiera ocurrido, con la música llenando la sala y las copas alzándose una y otra vez, pero algo había cambiado de forma imposible de ignorar, una tensión sutil que se colaba entre las risas y las conversaciones, como si todos percibieran que, bajo el brillo del festejo, algo oscuro acababa de instalarse. Aunque la música seguía sonando y las copas no dejaban de alzarse, la atmósfera ya no era la misma. La noticia se había esparcido en susurros: el prisionero, la ejecución, la forma en que el rey había actuado sin dudar. Nadie lo decía en voz alta, pero todos lo sentían.Y en el trono, elevado sobre todos los presentes, el rey ya no sonreía, su expresión se había endurecido hasta volverse casi impenetrable, como si la celebración que lo rodeaba ya no tuviera ningún significado para él. Edrion permanecía rígido, frío, distante, respondiendo apenas a quienes se acercaban. Sus gestos eran cortos, su mirada oscura, como si su mente estuvi
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