Los días comenzaron a pasar con rapidez.
En todo el palacio reinaba una actividad constante: sirvientes corriendo por los pasillos, costureras cargando rollos de tela, cocineros organizando banquetes y consejeros revisando listas interminables de invitados. La boda del rey no era solo un matrimonio; era el evento más importante del año, quizá de toda la década, y cada detalle debía reflejar el poder y la riqueza de la corona.
Las flores llegaban en carros desde todos los rincones del reino.