Nos quedamos en el sofá un buen rato, disfrutando del calor de la tarde, con la música suave de fondo. Él estaba sentado a mi lado, y de repente se inclinó un poco hacia mí, con esa mirada traviesa que siempre me hacía sonreír.—Te voy a hacer una cosa —dijo, y antes de que pudiera reaccionar, sus dedos comenzaron a rozar mis costillas suavemente.Solté una carcajada inmediata.—¡Eh! —reí, intentando apartarme—. ¡Nooo, no empieces!Pero él no paró, y entre risas, empujones suaves y cosquillas, los minutos se nos escaparon. Mi estómago dolía un poco de tanto reír, pero no me importaba. Había algo liberador en dejarme llevar, en sentirme vulnerable y feliz a la vez.Cuando por fin se detuvo, nos quedamos apoyados el uno en el otro, respirando con calma, todavía con las manos enlazadas de vez en cuando, sonriendo sin decir nada.—Eres imposible —dije entre risas, apoyando la cabeza en su hombro.—Y tú eres divertida —replicó, acercando su cara a la mía—. Demasiado divertida.Nos acomodam
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