El auto de Amaro se fundía en la negrura a toda velocidad por la carretera. Por todos los medios, Mónica había intentado relativizar el estado de Agustín.«Es una pataleta, nada más que eso», dijo. Hasta de malcriado lo trató.Lo cierto es que Alma le tomó la temperatura y la cifra de 38,5°C dejó en claro su gravedad.—¿Cómo sigue? —preguntó Amaro, al volante.—Mal. Su respiración es cada vez más rápida, sibilante y se le hunden las costillas —dijo Alma, sentada junto a él en la parte trasera.—Pero ya no llora, es buena señal —repuso Mónica, en el asiento de copiloto—. Ya verán que no se trata de nada importante.Su llanto era preferible, pensaba Alma, pues era señal de que todavían le quedaban fuerzas. Ahora el único sonido que hacía era el de su respiración. No abría los ojos ni cuando le humedecía el rostro para bajarle la fiebre. Amaro quería ir hasta la clínica en la ciudad, pero Alma le dijo que pasaran al centro médico del pueblo por una atención más rápida. Probablemente el
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