—La reunión con los suecos será en el hotel Sepia, así que estaré fuera hasta el domingo —contó Amaro durante el desayuno.—¿Por qué tienes que ir tú? ¿No puedes enviar a un empleado? —preguntó Mónica.—Si ellos quisieran hablar con un empleado, habrían enviado a uno —respondió Amaro, y sus ojos se desviaron hacia Alma, que parecía algo desanimada.De la noche del viernes hasta el domingo sin verse. No era telépata, pero suponía que ya lo estaba extrañando.—Con Agustín Ignacio te extrañaremos, papi —dijo Mónica, y Amaro se contrajo, como si le hubieran dado una bofetada.—Hazme el favor de no llamarme así.Desde que regresara, Mónica había sido la ama de casa modelo: hogareña, preocupada por su hijo, dulce con su esposo, no salía a fiestas ni se emborrachaba. ¡Era perfecta y Amaro ya no la aguantaba! —Lo que tú digas, amorcito.Amaro chirrió los dientes y se bebió rápido el café para salir de allí de una vez por todas. El viaje de negocios sería también un escape a la sofocante vida
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