XLVIII Sacrificio

El auto de Amaro se fundía en la negrura a toda velocidad por la carretera. Por todos los medios, Mónica había intentado relativizar el estado de Agustín.

«Es una pataleta, nada más que eso», dijo. Hasta de malcriado lo trató.

Lo cierto es que Alma le tomó la temperatura y la cifra de 38,5°C dejó en claro su gravedad.

—¿Cómo sigue? —preguntó Amaro, al volante.

—Mal. Su respiración es cada vez más rápida, sibilante y se le hunden las costillas —dijo Alma, sentada junto a él en la parte trasera.

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