En su bolso de medicinas, Alma no tenía calmantes; nunca antes los había necesitado. Amaro se fue y regresó con una píldora, la instó a que se la tomara para que pudiera descansar. Paranoica, lo que menos deseaba era quedar fuera de combate, pero su pequeña habitación ni siquiera tenía ventanas. Estaría a salvo, se dijo; el merodeador era cobarde, como Amaro creía, y no se atrevería a regresar con él en casa. Se tomó la píldora y se acostó. Amaro se quedó mirándola unos instantes. Le peinó el cabello con los dedos, aunque lo tuviera bien aprisionado incluso para dormir. Recordó que ella se hacía una trenza por las noches, así que le quitó la liga y, antes de que Alma se inquietara, se lo trenzó; así no se le dañaría por estar tanto tiempo tirante. Colocó la liga y le besó la frente. —Descansa, todo estará bien. Lo prometo. Amaro apagó la luz y salió de la habitación. Poco después, le llegaron a Alma gritos a lo lejos, pero su cabeza estaba demasiado aturdida como para procesarlos.
Leer más