En la sala de la mansión Gutiérrez-Cruz, Mónica bebía un té junto a su madre, que había dejado la habitación ayudada de su silla de ruedas. Entre sus dedos de largas uñas perfectas tenía cogida una galleta, que roía a pequeños mordiscos.
—Tú no te preocupes, hija. Esta es tu casa y tú tomas las decisiones, le guste o no a la servidumbre. No puedo creer todo el escándalo que se ha armado por unos roedores.
—Eso lo sé perfectamente, madre. No tienes que decírmelo. ¿Puedes creer que incluso lo