Ocultos detrás de una planta, aprovechando que la mujer no los había visto, Alma y Amaro aguardaban, con sus corazones dando tumbos. ¿Acaso este sería el fin de su sucia aventura? Amaro, paranoico, ya pensaba que la mujer lo había seguido. Le inquietaba que no lo hubiera encarado antes, mientras comía. Tal vez algo más tramaba. Sus sospechas se confirmaron con la llegada de otra mujer, con gorro, gafas oscuras y una maleta. Tras un saludo escueto, ambas se fueron hacia el restaurante y allí se sentaron. —No vino por nosotros —concluyó Alma, aliviada. —No, pero se supone que debería estar «trabajando» —masculló Amaro, desconfiado. —Tal vez sea un almuerzo de negocios. Agradeciendo el gorro que llevaba puesto y que en algo la ayudaba a ocultar su identidad, Alma estaba lista para irse lo más lejos posible de ese hotel. Sin embargo, Amaro la rodeó de la cintura y, oculto en su bufanda nueva, la llevó hacia los ascensores. —¿Es broma? Fuimos afortunados de que no nos viera, no po
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