Sentada en la mecedora, Alma leía la novela de terror. Había dejado de lado la hoja marcada y había empezado desde el inicio para no enredarse. Tenía la pesada sensación de que el final no le gustaría, de que el libro en sí no le gustaría.
La protagonista se llamaba Fátima y había nacido en el seno de una familia profundamente cristiana; su padre era carpintero y su madre, dueña de casa y cuidadora de sus otros cinco hijos. Ella era la mayor y consiguió trabajo para ayudar a su familia.
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