Amaro la esperaba en la última cuadra. Había dejado la chaqueta colgada y tenía la camisa arremangada.
—Ya era hora, ¿por qué me haces esperar? Mi tiempo sigue siendo más valioso que el tuyo.
Alma brincó a sus brazos y acalló los reclamos con sus besos.
El ceño del hombre se relajó y solo suspiros salieron de su boca. Le quitó la blusa, arrinconándola como le gustaba.
—Estoy algo sudada —lamentó ella, avergonzada.
—Más deliciosa —balbuceó él y procedió a deslizar su lengua por el valle de