Las finas gotas de agua caían sobre la vibrante piel de Alma y la masajeaban, amortiguando la agitación que hacía fundirse sus suspiros con el vapor de la ducha.
Amaro la observaba, la devoraba con los ojos, guardando en su mente cada segundo de la placentera cogida contra las puertas de vidrio.
Ella balbuceaba. De su boca brotaban palabras atropelladas que Amaro deshacía con su fuerza y la pasión que imbuía en cada embestida.
El agua tibia, la agitación interna, el calor de tan lujurioso