En su bolso de medicinas, Alma no tenía calmantes; nunca antes los había necesitado. Amaro se fue y regresó con una píldora, la instó a que se la tomara para que pudiera descansar.
Paranoica, lo que menos deseaba era quedar fuera de combate, pero su pequeña habitación ni siquiera tenía ventanas. Estaría a salvo, se dijo; el merodeador era cobarde, como Amaro creía, y no se atrevería a regresar con él en casa.
Se tomó la píldora y se acostó. Amaro se quedó mirándola unos instantes. Le peinó el