El frío del mármol parecía filtrarse a través de las suelas de mis botas, mientras caminaba por los pasillos subterráneos de la Corte Suprema, un lugar que no figuraba en los planos oficiales del edificio, Me sentía pequeña, rodeada de hombres con trajes oscuros y rostros de piedra que me escoltaban como si fuera un cargamento peligroso, y no la mujer que había desenterrado la verdad sobre el oro nacional. El aire olía a incienso viejo y a papel encerado, un aroma que me recordaba a las bibliotecas donde mi padre solía esconderse para estudiar, pero aquí no había sabiduría, solo un juicio que se sentía como una trampa.Me detuvieron frente a una puerta de madera maciza, grabada con la balanza de la justicia que, en este país, siempre parecía inclinarse hacia el lado que más pesaba en oro. Entré sola, dejando atrás el murmullo de mis escoltas, para enfrentarme a cinco jueces cuyas identidades estaban ocultas tras el resplandor de unas lámparas que apuntaban directamente a mi rostro, N
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