El asfalto de la ciudad me devolvía el calor sofocante de una capital que, aunque era medianoche, parecía arder bajo una tensión invisible. Mateo caminaba apoyado en mi hombro, con el paso cada vez más pesado y la respiración convertida en un silbido ronco que me desgarraba el alma. Sentía su sangre, caliente y espesa, empapando mi costado, recordándome con cada centímetro que avanzábamos que el tiempo no era nuestro aliado. Habíamos logrado salir del Ministerio por un conducto de ventilación que desembocaba en un callejón infestado de ratas y basura, lejos de las luces azules y rojas que bañaban la fachada principal del edificio, pero el peligro estaba lejos de terminar.—Aguanta un poco más, Mateo, ya casi llegamos —le susurré al oído, aunque ni siquiera yo sabía con certeza a dónde íbamos, solo que debíamos alejarnos del epicentro del desastre.—Estoy bien nena, solo es un agujero más en la colección —intentó bromear él, pero su voz sonó débil, carente de esa fuerza arrolladora q
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