El hedor de la ciudad sitiada no era el mismo que el de la superficie, aquí abajo, en las entrañas de concreto y olvido, el olor a humedad rancia se mezclaba con el gas metano y un rastro químico que me hacía arder los ojos, cada vez que dábamos un paso, el agua estancada nos llegaba a las rodillas, ocultando los escombros que la guerra civil había arrojado por las alcantarillas. Mateo iba a la vanguardia, con una linterna táctica cuyo haz de luz cortaba la negrura como un bisturí, mientras Julián caminaba justo detrás de mí, agarrando la correa de mi mochila con una fuerza que delataba su nerviosismo. Para él, volver a estar bajo tierra era una tortura psicológica que apenas lograba disimular, pero su determinación por ver la cara de Santiago era lo único que lo mantenía en pie.—Mantén la calma, Julián, estamos cerca del punto de salida debajo del Palacio de Justicia —susurré, sintiendo cómo el eco de mis palabras se perdía en los túneles infinitos— el aire aquí arriba está viciado
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