La lancha rápida de la doctora Isabel cortaba las olas con una furia metálica, dejando atrás el resplandor naranja de la casa que se consumía en el Estero del Diablo. El viento de la madrugada me golpeaba la cara, trayendo el sabor amargo de la pólvora y la sal, mientras Mateo, sentado a mi lado, mantenía la vista fija en el horizonte oscuro de la costa norte. A pesar de los vendajes y de la palidez que aún le recorría las facciones, se movía con una precisión que desafiaba a la muerte. Su mano libre buscó la mía sobre los controles, apretándola con una fuerza que me recordaba que, aunque estuviéramos heridos, seguíamos siendo los dueños de nuestro destino.—Falta poco Martina —dijo él, su voz apenas un susurro que el motor intentaba devorar— esa antena que ves a lo lejos, en el acantilado, es la señal que buscamos, mi madre y la tuya sabían que el dinero de los Hidalgo no se guardaba en cajas fuertes, sino en cables de fibra óptica bajo tierra.A medida que nos acercábamos, la cost
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