El frío de la madrugada en la terminal de autobuses se me colaba por las costuras del abrigo prestado, recordándome que, aunque Santiago ya no me tuviera bajo llave, el mundo seguía siendo un lugar inhóspito. Mateo caminaba a mi lado, cojeando ligeramente pero con una firmeza que me hacía sentir que, mientras estuviera cerca, el suelo no se abriría bajo mis pies. Habíamos dejado atrás la comisaría, los flashes de los periodistas y el rastro de sangre de los Hidalgo, ahora solo éramos dos sombras huyendo hacia la neblina.—¿Estás segura de esto Martina? —preguntó él, deteniéndose frente a un autobús que no tenía un destino escrito, solo un número borroso en el parabrisas.—Es la única forma Mateo —respondí, apretando su mano, sintiendo la aspereza de sus callos contra mi palma, un contacto que me devolvía la realidad de un plumazo— si nos quedamos en la ciudad, Santiago nos encontrará, necesito tiempo para que mi cabeza deje de dar vueltas, y tú necesitas que esa herida cierre bien.
Ler mais