El mundo de Sebastián Cavalli siempre había sido un abismo de sonidos, texturas y el persistente aroma a vainilla que parecía haberse convertido en su único mapa de la realidad, pero esa mañana, mientras el sol de la primavera golpeaba con violencia los ventanales reforzados de la suite, algo cambió. No fue una explosión de luz, sino una grieta en la oscuridad. Sebastián estaba sentado en su sillón de cuero, con la mirada perdida tras sus inseparables gafas oscuras, de repente, una punzada de dolor agudo, como un relámpago de estática, le recorrió el nervio óptico, instintivamente, cerró los ojos y apretó los puños, al volver a abrirlos, la negrura absoluta se había transformado en una neblina grisácea y granulada. Podía ver sombras. Su corazón martilleó contra sus costillas con una fuerza que le quitó el aliento, asu derecha, una mancha oscura y vertical indicaba la posición de la puerta, a su izquierda, el resplandor difuso del ventanal, no era visión real —no podía disting
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