El sol apenas empezaba a filtrarse por los cristales de la hípica cuando Clara llegó. Había dormido mal, con la sensación de que el día anterior todavía estaba pegado a su piel, como una marca invisible que nadie más podía ver. Se quitó la chaqueta y respiró profundo, intentando ordenar la cabeza antes de enfrentar otra jornada.—Buenos días, Clara —saludó Marta desde el picadero—. Hoy parece que los caballos están más activos de lo habitual.—Sí… parece que también yo —murmuró, medio en broma, medio en serio.Se giró y vio a Mara entrando con su mochila y su casco. La niña traía el entusiasmo habitual, pero Clara podía notar que la pequeña percibía algo. No preguntó, solo se acercó y le acarició la cabeza con suavidad. Mara sonrió, confiada, sin palabras. Esa confianza era un pequeño alivio para Clara, aunque su propio corazón estuviera a la deriva.Al poco apareció Marcus, con Mara agarrada de la mano. Esta vez no había formalidades ni tensiones aparentes. Marcus parecía relajado, p
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