Clara llegó a casa con el cuerpo agotado y la cabeza en guerra. Cerró la puerta, apoyó la espalda y dejó que el silencio la alcanzara. No lloró. Todavía no. Preparó té, se sentó en el suelo del salón y miró la pared como si allí estuviera la respuesta que nadie le daba.
Pensó en Marcus. En cómo había intervenido sin imponerse, en su calma peligrosa. Pensó en Elena, precisa como un bisturí. Y pensó en Álvaro, en su forma de ocupar espacio incluso cuando no debía. La suma de todo la dejaba sin ai