El punto débil

Clara llegó a casa con el cuerpo agotado y la cabeza en guerra. Cerró la puerta, apoyó la espalda y dejó que el silencio la alcanzara. No lloró. Todavía no. Preparó té, se sentó en el suelo del salón y miró la pared como si allí estuviera la respuesta que nadie le daba.

Pensó en Marcus. En cómo había intervenido sin imponerse, en su calma peligrosa. Pensó en Elena, precisa como un bisturí. Y pensó en Álvaro, en su forma de ocupar espacio incluso cuando no debía. La suma de todo la dejaba sin aire.

El móvil vibró. Un número desconocido. Dudó. Contestó.

—¿Clara? Soy yo.

La voz de Álvaro sonó más baja, menos segura.

—No llames —dijo ella.

—Necesito verte.

—No.

—Por favor.

Colgó. Las manos le temblaban. Se levantó para abrir la ventana y entonces lo vio. Álvaro estaba abajo, apoyado en el coche, mirando hacia arriba como si supiera exactamente dónde buscarla. El corazón le dio un vuelco.

—Esto no es normal —susurró.

Bajó las escaleras antes de pensarlo. En la calle, la noche estaba tibia.

—Te pedí espacio —dijo, manteniendo distancia.

—Y te lo estoy dando —respondió él—. Solo quiero hablar.

—Aquí no.

—Entonces dime dónde.

Clara negó. —No voy a negociar límites.

Álvaro apretó la mandíbula. —Estás cambiando por él.

—Estoy cambiando por mí.

—No te creo.

La frase dolió más de lo esperado.

—Eso es lo que pasa —continuó él—. Conmigo no tienes que fingir.

—Contigo me pierdo —respondió ella.

Hubo un silencio denso. Álvaro dio un paso atrás, sorprendido. —No quería hacerte daño.

—Pero lo hiciste.

Se marchó sin mirar atrás. Clara subió, cerró la puerta con llave y se apoyó en ella, respirando rápido. El té seguía frío en el suelo.

A la mañana siguiente, la hípica la recibió con un cielo gris. Mara llegó corriendo, abrazándola por la cintura.

—¿Hoy montamos saltos? —preguntó.

—Si tú quieres —sonrió Clara.

Marcus observó la escena a distancia. Se acercó cuando Mara se fue con Marta.

—¿Dormiste? —preguntó.

—Un poco.

—Ayer te vi salir alterada.

Clara dudó. —Álvaro vino a mi casa.

Marcus se tensó. —¿Estás bien?

—Sí. Se fue.

Marcus respiró hondo. —Si vuelve a cruzar un límite…

—Lo pararé —dijo ella—. Prometido.

No era una promesa vacía. Era una necesidad.

Elena apareció más tarde, discreta. Saludó a Clara con un gesto breve.

—Hablé con Marcus —dijo—. Le pedí que fuera prudente.

—¿Y lo fue? —preguntó Clara.

—A su manera.

Clara asintió. —Yo también estoy intentando serlo.

Elena la miró con una mezcla de respeto y reserva. —Entonces entiende esto: elegir también es perder.

—Lo sé.

El día avanzó lento. Clara trabajó con precisión, como si el cuerpo supiera sostener lo que la mente no podía. Al caer la tarde, Marcus volvió a buscar a Mara. Antes de irse, se detuvo frente a Clara.

—No voy a presionarte —dijo—. Pero tampoco voy a fingir que no siento nada.

Clara tragó saliva. —Necesito tiempo.

—Tómalo.

Se quedaron mirándose un segundo de más. No hubo contacto. No hizo falta.

Esa noche, Clara escribió en una libreta. No planes. Límites. Enumeró lo que quería proteger y lo que estaba dispuesta a perder. Al final, una frase quedó subrayada: no negociar el respeto.

Apagó la luz con el pecho apretado y una certeza nueva. El dolor ya estaba ahí. La diferencia era que, por primera vez, sabía dónde le dolía y por qué.

El domingo amaneció con una calma sospechosa. Clara salió a correr temprano, dejando que el frío le ordenara las ideas. Cada zancada era una decisión pequeña, repetida. Volvió sudada, se duchó y llamó a su madre. Hablaron de cosas prácticas, de la compra y de un primo lejano. Colgó agradecida por esa normalidad prestada.

A media mañana recibió un mensaje de Elena: “Café a las doce. Si te apetece”. Aceptó. En el bar, Elena fue directa.

—No soy tu enemiga —dijo—. Pero tampoco voy a competir.

—No quiero triángulos —respondió Clara.

—Entonces sé honesta con todos, empezando por ti.

Clara sonrió sin humor. —Estoy aprendiendo.

Elena pagó y se levantó. —Eso también es fuerza.

Por la tarde, la hípica estaba casi vacía. Clara cepilló a un caballo viejo, disfrutando del gesto repetido. Marcus apareció sin hacer ruido.

—Mara quiere que vengas a ver un vídeo —dijo—. De un salto que hizo.

—Voy.

En la oficina, la pantalla mostró a la niña riendo, concentrada, feliz. Clara sintió un nudo amable.

—Gracias por cuidarla así —dijo Marcus.

—Gracias por confiar.

Cuando Clara salió, el sol caía. Pensó en escribir a Álvaro y no lo hizo. Pensó en Marcus y tampoco. Caminó hasta casa con la sensación incómoda de estar eligiendo, aunque nadie se lo hubiera pedido.

Antes de dormir, volvió a la libreta. Añadió otra línea: no confundir intensidad con verdad. Cerró los ojos sabiendo que el siguiente paso dolería, pero también que ya no iba a retroceder.

La noche le trajo sueños fragmentados, caballos que galopaban sin rumbo y puertas que no cerraban. Al despertar, Clara no buscó interpretarlos. Desayunó despacio y ordenó la casa como si así pudiera ordenar el resto. Al mediodía, un ramo de flores apareció en el rellano. No había nota. El pulso se le aceleró y luego se calmó. Las llevó a la cocina y las dejó en agua, sin agradecer ni reprochar nada.

Por la tarde recibió un audio de Álvaro. No lo escuchó. Borró el mensaje. No fue valentía; fue cansancio. Salió a caminar hasta que anocheció y, al volver, escribió un último recordatorio: elegir es sostener consecuencias. Guardó la libreta en el cajón y apagó el móvil. Cuando se acostó, el silencio ya no era amenaza. Era un espacio nuevo. Y en ese espacio, Clara entendió que el punto débil no era amar, sino postergarse. Mañana volvería a la hípica con el mismo pulso firme, sin promesas, sin huidas, dispuesta a decir no cuando hiciera falta y sí solo cuando el respeto fuese incuestionable, incluso si dolía, incluso si tardaba de verdad

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