Mundo ficciónIniciar sesiónClara llevaba toda la mañana con la sensación de estar caminando sobre una cuerda floja. No había pasado nada grave todavía, pero todo parecía a punto de hacerlo. Como si el aire mismo estuviera cargado de electricidad.
El recuerdo de Elena seguía ahí. Su forma de hablar, tranquila, elegante, pero con ese fondo afilado que no necesitaba levantar la voz para dejar claro que sabía más de lo que decía. Y luego estaba Marcus. Siempre Marcus. Su mirada sincera, su forma de estar sin invadir, como si esperara… pero sin exigir. Y Álvaro. Álvaro no esperaba nada. Tomaba. —Clara —la llamó Marta desde el otro lado del picadero—, ¿puedes ayudarme con Nilo un momento? —Ahora voy. Mientras caminaba, Clara sintió el móvil vibrar en el bolsillo. No necesitó mirarlo para saber quién era. Aun así, lo hizo. Álvaro: Anoche me fui demasiado pronto. Cerró los ojos un segundo. No respondió. —¿Todo bien? —preguntó Marta cuando llegó junto a ella. —Sí —mintió otra vez—. Todo normal. Pero nada era normal. Cuando terminó su turno, Clara decidió quedarse un rato más. No quería volver a casa aún. Necesitaba espacio. Aire. Pensar. Se sentó en la grada del picadero vacío, observando cómo el sol de la tarde iba bajando poco a poco, tiñéndolo todo de un naranja suave. —Siempre te quedas cuando necesitas ordenar la cabeza. La voz de Marcus la sobresaltó. —¿Te has vuelto experto en mí? —preguntó ella, medio en broma. Marcus se sentó a su lado, dejando un espacio prudente entre los dos. —Solo observo. —Eso ya lo noté. Sonrieron, pero la tensión seguía ahí, flotando. —Elena me llamó antes —dijo él de pronto. Clara se tensó. —¿Ah, sí? —Me preguntó por ti. El silencio se alargó. —¿Y qué le dijiste? —preguntó ella, sin mirarlo. —La verdad. Clara giró la cabeza hacia él. —¿Y cuál es la verdad? Marcus la sostuvo la mirada. —Que confío en ti. Y que no pienso tomar decisiones por suposiciones. Aquello le removió algo por dentro. —No siempre es buena idea confiar —murmuró. —Lo sé —respondió—. Pero prefiero equivocarme así. Durante unos segundos, Clara pensó en decirle todo. En hablar de Álvaro, de la confusión, del miedo a meterse donde no debía. Pero no lo hizo. No todavía. Porque en ese momento apareció Álvaro. Como si lo hubiera invocado. —Vaya —dijo, acercándose con esa seguridad descarada—. No sabía que hoy tocaban confidencias. Marcus se levantó despacio. —Creo que Clara y yo estábamos hablando. Álvaro sonrió, ladeando la cabeza. —Siempre estáis hablando, ¿no? Clara sintió el impulso de desaparecer. —Álvaro, no empieces —dijo ella. —Yo no empiezo nada —respondió—. Solo me parece curioso que ahora estés tan ocupada. Marcus lo miró con calma, pero había algo firme en su postura. —No sé cuál es tu relación con Clara, pero este no es el lugar. —¿Ah, no? —respondió Álvaro—. Porque a mí me parece que ella nunca ha tenido problema con los lugares. Clara se levantó de golpe. —Basta. Los dos hombres se giraron hacia ella. —No voy a permitir que habléis de mí como si no estuviera delante —continuó, con la voz temblorosa pero firme—. Ni aquí ni en ningún sitio. Marcus asintió ligeramente. Álvaro la observó con una mezcla de sorpresa y diversión. —Has cambiado —dijo él—. Antes no te molestaba. —Antes no sabía hacerlo mejor —respondió Clara. Álvaro dio un paso más cerca. —Ten cuidado, Clara. Hay gente que no sabe jugar sucio cuando las cosas se complican. Marcus se interpuso sin tocarlo. —Creo que ya es suficiente. Álvaro lo miró de arriba abajo. —Cuida bien de ella —dijo—. Porque no siempre se puede. Y se fue. El silencio que quedó fue pesado. —Lo siento —dijo Clara finalmente—. No tenía que haber pasado así. Marcus la miró con atención. —No me debes explicaciones. Pero sí te diré algo. —Dime. —No me gusta verlo cerca de ti —dijo con honestidad—. No por celos… sino porque no parece alguien que sepa parar. Aquello la golpeó más fuerte de lo esperado. —A veces confundo intensidad con otra cosa —admitió ella. Marcus bajó la voz. —La intensidad no debería doler. Esa frase se le quedó clavada. Cuando Clara llegó a casa esa noche, el móvil volvió a vibrar. Álvaro: No te engañes. Sabes que conmigo no tienes que fingir. Clara sostuvo el teléfono unos segundos. Luego escribió. Clara: Necesito espacio. De verdad. Envió el mensaje antes de poder arrepentirse. Fue una decisión pequeña. Un mensaje. Una frase. Pero mientras dejaba el móvil boca abajo y se apoyaba contra la pared, Clara supo que había cruzado una línea invisible. Y que Álvaro no era alguien que aceptara bien los límites. Y, al mismo tiempo, pensó en Marcus. En su forma de mirarla sin exigir nada. Y eso, de alguna manera, la asustó todavía más.






