El sol apenas empezaba a filtrarse por los cristales de la hípica cuando Clara llegó. Había dormido mal, con la sensación de que el día anterior todavía estaba pegado a su piel, como una marca invisible que nadie más podía ver. Se quitó la chaqueta y respiró profundo, intentando ordenar la cabeza antes de enfrentar otra jornada.
—Buenos días, Clara —saludó Marta desde el picadero—. Hoy parece que los caballos están más activos de lo habitual.
—Sí… parece que también yo —murmuró, medio en broma,