Donde duele quedarse

Clara se despertó con la sensación de haber hecho algo irreversible.

No era culpa. Tampoco alivio.

Era esa presión en el pecho que aparece cuando sabes que has tocado una verdad que no se puede desdecir.

El mensaje seguía ahí, en el móvil, como una herida abierta:

Necesito espacio. De verdad.

No había respuesta.

Eso la inquietó más que cualquier reproche.

Se levantó temprano, demasiado. El silencio del piso era incómodo, como si las paredes supieran algo que ella todavía estaba intentando asumir. Se duchó sin pensar, dejó que el agua le recorriera la espalda, intentando borrar la tensión acumulada, pero no funcionó. Álvaro seguía ahí, pegado a la piel como un recuerdo que no pide permiso.

Y Marcus.

Marcus estaba peor.

Porque no dolía: desordenaba.

Cuando llegó a la hípica, el ambiente estaba raro. No hostil, no evidente… pero distinto. Marta la saludó con un gesto corto.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Sí —respondió Clara automáticamente.

Mentira número no-sé-cuántas.

Los caballos parecían más inquietos de lo habitual. O quizá era ella. Ajustó riendas con manos que no estaban del todo firmes. Cada sonido la hacía girarse. Cada sombra la ponía en alerta.

Fue Álvaro.

No apareció de golpe. No irrumpió.

Eso habría sido más fácil.

Estaba allí desde hacía rato, apoyado en la valla exterior, observando.

Esperando.

Clara lo vio al levantar la vista… y el estómago se le cerró.

—No —murmuró.

Él sonrió al darse cuenta de que lo había visto. No era una sonrisa amable. Era paciente.

—¿No ibas a darme espacio? —dijo ella cuando se acercó, manteniendo distancia.

—Te lo di —respondió—. Una noche entera.

Clara apretó los dientes.

—No es una broma.

—Nunca lo ha sido —dijo él, bajando la voz—. Solo que ahora finges que sí.

—Álvaro, no estoy para esto.

—Yo tampoco —respondió—. Pero aquí estamos.

Ella miró alrededor. Había gente, sí, pero nadie prestaba atención. La hípica tenía esa forma cruel de hacer que todo pareciera normal incluso cuando no lo era.

—Te pedí espacio —insistió—. No que aparecieras en mi trabajo.

—Este siempre ha sido mi terreno también —replicó—. Antes no te molestaba.

—Antes no me dolía —respondió ella sin pensar.

Eso lo detuvo.

Durante un segundo, solo uno, Álvaro pareció no tener respuesta. Luego su expresión cambió. No a enfado. A algo peor.

—¿Y ahora sí? —preguntó—. ¿Por él?

Clara no respondió.

No necesitaba hacerlo.

—Lo sabía —dijo él—. Siempre aparece alguien que se cree distinto.

—No va de eso —dijo ella, con la voz más baja—. Va de mí.

Álvaro se acercó un poco más. No la tocó. No hizo falta.

—No te engañes, Clara. Tú y yo sabemos qué es esto. Lo otro es… cómodo.

Ella dio un paso atrás.

—No vuelvas a decirme quién soy.

—Entonces dime tú quién eres ahora —respondió—. Porque ya no te reconozco.

Antes de que pudiera contestar, una voz firme cortó el aire.

—Creo que ella ha sido bastante clara.

Marcus.

Clara cerró los ojos un segundo.

Marcus estaba a unos metros, serio, sin elevar la voz, pero con el cuerpo colocado de una forma inequívoca. No defensiva. Decidida.

Álvaro lo miró despacio, como midiendo.

—¿Otra vez tú?

—Las veces que haga falta —respondió Marcus.

—No es asunto tuyo.

—Cuando alguien no respeta un límite, lo es.

Clara sintió una mezcla de alivio y miedo. Porque Marcus no parecía dispuesto a retirarse esta vez.

—No necesito que me salves —dijo ella, casi en un susurro.

Marcus no la miró.

—No lo estoy haciendo.

Álvaro soltó una risa seca.

—Qué fácil es jugar al héroe cuando no sabes toda la historia.

—No necesito saberla toda —respondió Marcus—. Solo lo suficiente.

El silencio se volvió pesado.

Álvaro dio un paso atrás, pero no se rindió.

—Esto no ha terminado —dijo, mirando a Clara—. Nunca termina cuando finges que no te importa.

Y se fue.

De verdad esta vez.

Clara se quedó quieta, temblando ligeramente.

—Lo siento —dijo al fin—. No quería meterte en esto.

Marcus se giró hacia ella.

—Clara, mírame.

Ella lo hizo.

—No te metes en nada —continuó—. Ya estoy dentro.

Eso la desarmó más que cualquier gesto anterior.

No hablaron más. No hacía falta.

Horas después, cuando el día ya estaba avanzado y Clara intentaba recomponerse, Elena apareció.

Impecable como siempre. Observadora.

—Vaya día —comentó, como si nada.

—Siempre lo son —respondió Clara.

Elena la miró con detenimiento.

—Marcus no suele intervenir así.

—No le pedí que lo hiciera.

—Lo sé —dijo Elena—. Por eso te lo digo.

Se acercó un poco más.

—Te voy a ser sincera —continuó—. Marcus necesita estabilidad. Y tú… no estás en un momento estable.

Aquello dolió. Porque no era mentira.

—No he dicho que quiera nada con él —respondió Clara.

—No hace falta —dijo Elena—. Se nota.

Clara la sostuvo la mirada.

—¿Y tú? ¿Qué quieres tú?

Elena sonrió con algo parecido a tristeza.

—Que no salga herido. Y que tú tampoco.

—Eso no siempre se puede elegir.

—No —admitió—. Pero sí se puede evitar.

Cuando Elena se fue, Clara se quedó sola en el picadero vacío. Se sentó en la arena, sin importarle ensuciarse, dejando que todo cayera de golpe.

Había intentado mantener el control.

Había intentado no sentir demasiado.

Había intentado no elegir.

Y había fallado en todo.

Marcus apareció al anochecer.

—Te estaba buscando —dijo.

—Lo sé.

Se sentó a su lado, esta vez más cerca.

—No voy a preguntarte nada —dijo—. Pero quiero que sepas algo.

—Dime.

—No voy a mirar hacia otro lado —respondió—. No contigo.

Clara sintió cómo algo se rompía por dentro. No de dolor. De miedo.

—Marcus… yo no sé si puedo darte lo que buscas.

—No busco nada —dijo—. Solo no quiero perderte antes de saber si había algo que merecía quedarse.

Ella lo miró.

—Eso es peligroso.

—Lo sé.

Y aun así, ninguno se movió.

El día terminó sin promesas.

Sin besos.

Sin certezas.

Pero Clara supo que algo había cambiado para siempre.

Porque Álvaro ya no tenía acceso libre.

Elena había dejado clara su postura.

Y Marcus… Marcus había elegido no apartarse.

Y eso, justo eso, era lo que más miedo le daba.

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