Clara no durmió esa noche.No porque no pudiera cerrar los ojos, sino porque cada vez que lo hacía, veía lo mismo: la mirada de Marcus, la culpa escrita en su cara, y la sensación insoportable de haber sido la última en enterarse.A la mañana siguiente, la hípica olía a tierra húmeda y a rutina. Los caballos seguían allí, ajenos a todo, como si nada se hubiese roto. Pero Clara sí. Y Marcus también, aunque intentara disimularlo.Él llegó temprano. Demasiado.La encontró en el picadero, limpiando un cepillo que no necesitaba estar limpio, con movimientos mecánicos, tensos.—Tenemos que hablar —dijo Marcus, sin rodeos.Clara no levantó la vista.—No. Tú tienes que hablar. Yo ya lo sé todo.El silencio cayó como un golpe seco.Marcus respiró hondo, dio un paso hacia ella. —Clara, yo no te engañé como tú crees. Nunca estuvimos…——No lo digas —lo cortó ella, alzando por fin la mirada—. No te atrevas a decirme que “no éramos nada”. Porque aunque no lo dijéramos, aunque no hubiera etiquetas,
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