El camión de bomberos rugía de regreso a la Estación 314, cortando el aire pesado de la tarde. En la cabina, el silencio era denso. Lucas conducía con la vista fija en la carretera, mientras Liam y Nicolás, en el asiento trasero, intercambiaban miradas de desaprobación. Gabriel, sentado en el lugar del copiloto, mantenía la mandíbula apretada, observando cómo el perfil del pueblo se acercaba.Justo cuando el edificio de la estación apareció en el horizonte, Gabriel tomó el radio de comunicación interna, pero no para hablar con la base, sino para dirigirse a sus hombres a través del intercomunicador del vehículo.—Escúchenme bien todos —dijo Gabriel, y su voz tenía ese filo metálico que usaba cuando una orden no era negociable—. Lo que discutimos en el muelle sobre el puesto de Isabella se queda entre nosotros. No quiero que nadie, absolutamente nadie, le mencione a ella o a las chicas que su cambio a administración es permanente.—Gabriel, eso es mentirle en la cara —soltó Lucas, apre
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