La luz del amanecer en Thalassa era de un azul pálido y frío, pero dentro de la habitación de Gabriel, el calor de la noche anterior aún flotaba en el aire. Gabriel estaba sentado, con la espalda apoyada en la cabecera de madera tallada, observando cómo los primeros rayos de sol iluminaban los hombros desnudos de Isabella. Ella estaba de espaldas a él, apoyada contra su pecho, dejando que Gabriel la rodeara con sus brazos mientras ella jugaba distraídamente con las manos grandes y callosas del Capitán. El silencio era cómodo, casi sagrado, hasta que Gabriel decidió romperlo con la única pregunta que Isabella siempre lograba esquivar con una mofa o un beso. —Isabella —murmuró él, con la voz todavía ronca por el sueño—, anoche me demostraste que puedes ser sumisa cuando quieres, pero hoy... hoy necesito que seas honesta. Ella se tensó apenas un milímetro, pero no dejó de trazar lí
Leer más