El aire en la oficina de cristal se volvió irrespirable, cargado de una electricidad que amenazaba con hacer estallar las bombillas del techo. Gabriel, perdiendo por completo el control que tanto pregonaba, tomó a Isabella por la cintura y, con un movimiento firme y cargado de urgencia, la levantó y la sentó sobre el escritorio de roble. Los papeles del informe de logística volaron al suelo como hojas secas, pero a ninguno de los dos le importó.
Él hundió el rostro en la curva de su cuello, dej