La noche en la casa de los Calvelli había sido un ejercicio de resistencia. Isabella no le dirigió la palabra a Gabriel ni una sola vez. Cenó en silencio, ayudó con los platos ignorando las miradas inquisidoras del Capitán y se retiró a su habitación antes de que él pudiera siquiera ofrecerle un café. Gabriel se quedó en el porche, mirando la oscuridad, dándose cuenta de que besarla en la playa no le daba derecho automático a su perdón por los gritos en el hangar.
A la mañana siguiente, el air